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EPÍLOGO A "MUNDO VISIBLE" DE ISMAEL GAVILÁN


Por Roberto Onell H.


Ismael Gavilán

Mundo visible poesía reunida 1995 - 2020

Ediciones Altazor. Valparaíso, 2021


EPÍLOGO A MUNDO VISIBLE


EN AQUEL TIEMPO


En la poesía de autores que empezaron a publicar en Chile en la década de 1990, el trabajo de Ismael Gavilán (Valparaíso, Chile, 1973) constituye un momento de especial interés. En la variedad de rasgos posibles de enlistar y examinar de entre los distintos proyectos o, más bien, tentativas de poetización, quisiera traer a esta conversación una sola característica con visos de evidencia. En ese Chile, tras casi dos décadas de dictadura gobernante y de sus múltiples consecuencias en el campo editorial y lector, los nuevos autores parecieron volverse a averiguar las posibilidades todavía latentes del lirismo de todos los tiempos. Por alguna acepción de buena consciencia artística e intelectual, o por inercia, la poesía de las dos décadas anteriores arrastraba, mayormente, el peso de la crónica urgente, de la diatriba de circunstancia, del documento testimonial. Las ocasiones en que esos dignos registros textuales cristalizaron como poesía ciertamente no coinciden con la enorme cantidad de textos publicados, o mecanografiados y fotocopiados, pero alcanzan, sí, a unas cuantas páginas memorables. Son las excepciones en que, como poemas, no han necesitado la justificación de las ciencias sociales para existir.

Quienes bordeaban y superaban los veinte años de edad en la década de 1990 y publicaban poemas recién, en muchos casos parecieron sumergirse en las profundidades del lirismo que nutrió a la poesía de autores chilenos por tantas décadas anteriores. Esto es una forma abreviada de recordar que la poesía de autores chilenos, especialmente desde el cambio de siglo con Carlos Pezoa Véliz y, con seguridad, hasta la década de 1960, se vinculó explícitamente con la gran tradición hispanoamericana, que a su vez venía fortalecida por su multiforme diálogo con la literatura de otras lenguas. Esa tradición lírica vigorosa y también multiforme pareció eclipsarse, debido a las innegables urgencias impuestas por la represión en el Chile de los ’70 y ’80, y sobre todo por la auto-represión escrituraria, pero lo cierto, como ya parece muy claro treinta años después, es que sólo menguó. No estoy en condiciones de aseverar que, para la poesía de autores chilenos, el período 1970-1990, grosso modo, haya constituido un paréntesis en la poetización, salvo como hipótesis de trabajo o corazonada. Pero el declive de la multiforme potencia que por más de siete décadas caracterizó este linaje es manifiesto, grosso modo, en ese par de décadas.


El hecho es que esa averiguación en las fuentes del lirismo no podía sino consistir, muchas veces, en un distanciamiento del acontecer social directo, para ganar la fuerza de la reconcentración en el quehacer poemático mismo, de la meditación metaliteraria, de caminos ora más reflexivos ora más cantores acerca de la poesía misma y, sobre todo, el vigor del reencuentro multiforme con la gran tradición literaria de lenguas diversas. Es cierto que, a una mirada rápida, a esa mirada tan propia del dinamismo industrializador y mercantil que ha colonizado parte importante del quehacer académico, dicho distanciamiento de lo inmediato resultaba una forma de evasión y hasta de irresponsabilidad cívica. ¿A quién se le podía ocurrir, en ese momento, volverse hacia la poesía de Rubén Darío, como hace el mismo Gavilán en un libro todavía de la década de 1990, o hacia la poesía española de la Generación del ’27, o del Siglo de Oro, o hacia Gabriela Mistral, pero hacia la poesía de Gabriela Mistral, ese texto en verso, patético, multiforme, abigarrado, o hacia tradiciones sapienciales –cristianismo, judaísmo, misticismo, budismo– que han dado parte importante de la mejor poesía, de la mejor poesía a secas, o hacia la poesía anglosajona, sea filtrada por Jorge Luis Borges o por Nicanor Parra o sin filtrar? ¿Acaso no hay una problemática social inmediata que atender, acaso el retorno a la democracia ha sido pura alegría? Preguntas candentes, vaya.


Uno de los fenómenos interesantes es que la respuesta no era una afirmación, por más firme o dócil que la quisiéramos, sino otra pregunta: ¿Acaso la problemática social –que por demás ninguno de los nuevos autores llegó a negar– es lo único que atender, acaso lo inmediato no está siempre mediado por el lenguaje, acaso el pensamiento poético debe renunciar a pensarse a sí mismo, acaso la crónica-diatriba-documento es la única modalidad referencial, acaso ahora debemos replicar ese formato hasta la obviedad, acaso la reacción a la dictadura quiere heredarnos también un formato único para escribir poesía? Y finalmente, ¿quiénes pretenden, con pretensión de validez general, dirimir estas cuestiones? Poetas tan distintos como Rafael Rubio, Alejandra del Río, David Preiss, Antonia Torres, Javier Bello, Damsi Figueroa y Germán Carrasco, son sin embargo parecidos en lo que acabo de apuntar. En fin: aquello que dio justa fama a la poesía de autores chilenos por casi un siglo volvía a fluir, tímida o impetuosamente, sin programa, con altibajos de principiantes, pero a fluir, a fluir. A esta tentativa pertenece la poesía de Ismael Gavilán.


MUNDO VISIBLE O LA POESÍA DE ISMAEL GAVILÁN


Digo tentativa y no generación porque, paralelamente a la natural dimensión etaria (la poesía de autores nacidos a comienzos de la década de 1970, pero también de los de poco antes, como Marcelo Rioseco, Armando Roa Vial, Francisco Véjar), lo decisivo es la tentativa misma: este hacerse a la mar con unos cuantos aparejosde navegación en busca de más aparejos para más y mejor navegar, pero por sobre todo en busca de grandes mares y territorios que explorar y, especialmente, en busca de lo desconocido. Me permito subrayar este último cliché, para señalar algo menos obvio y que pertenece al esfuerzo de la poesía de Gavilán: es una escritura que se quiere rodeada de aquello que no conoce y que no domina y que, por eso mismo, plasma una poesía multiforme, ya en el ritmo de sus versos breves y extensos, ya en la tonalidad anímica de sus páginas, ya en los fenómenos y objetos abordados. Proclive a la meditación y, por tanto, a ensayar figuras, tonos, nuevos empeños de enunciación en el mismo poema, la poesía de Ismael Gavilán es una búsqueda constante de las fuentes de la poesía.


“¿Podéis tomar un pétalo en su invisible solidez […]?”, dice el primer verso de Eurídice duerme en nuestro sueño. Es un verso clave. Porque Gavilán, no contento con habernos situado, ya desde el nombre del poemario, en la semántica del mito, comprime importantes elementos de la poesía en esa sola línea. El remitirse al mito, sea cual sea por ahora, es ya un mensaje gravitante: indica, por lo menos, que el poeta recurre a un modelo de comprensión de lo real cuyo contenido parece estructural a lo humano y, por tanto, de importancia para cualquier época. Es lo arquetípico y es, también, donde podemos reconocer nuestra actual circunstancia, independientemente de los ropajes de una u otra sociedad en particular. Es cierto, además, que el mito de Orfeo y Eurídice repone la problemática existencial de la creación artística y poética en especial, en una dinámica que, en este caso, da mayor importancia al rol que ella, Eurídice, juega en la realidad mitificada.


Pero el verso citado juega, por añadidura, con el vosotros del español peninsular y con la flor, imagen arquetípica, también, del amor erótico. El poeta está convocando una vasta tradición hispánica y occidental para indicar, al menos, que en ella desea inscribir su trabajo y para plantear, incluso, la pregunta por las posibilidades o por las capacidades (“podéis”) de ese vos que puede ser el mismo hablante. Estudios todavía pendientes acerca de esta poesía podrán determinar en qué medida el mito órfico es refrescado en su significación en este poemario. O cuánto de ironía yace en esta formulación de tono demasiado culto o culterano, de un modo semejante al “Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!”, de Vicente Huidobro. Pero señalemos que, en el contexto chileno borroneado arriba, si todavía queremos insistir en ello, la referencia a la dinámica de la creación poética en sus diversas dimensiones parece del todo relevante y, más aun, necesaria, en la medida en que se averiguan posibilidades y capacidades, en la entrada misma del poemario, y de la mano de una tradición a la cual se homenajea y se desea continuar creadoramente. Y, por último, esta averiguación podría estar diciéndonos, con rara claridad, que las posibilidades y capacidades conocidas en el pasado reciente parecen ya demasiado cómodas hoy. Eurídice y Orfeo, ¿podrán decirnos todavía algo nuevo? Es una pregunta que, reescrita innumerables veces, toda poesía nueva instaura con visos de paradoja, o de precario equilibrio entre el ayer y el hoy. De todos modos, ya el título del poemario parece contestar en su afirmación.


Fabulaciones del aire de otros reynos es el segundo poemario incluido en este volumen, pero la primera consolidación, a mi juicio, de una voluntad de apertura hacia una riqueza poética más densa. Es decidor que este poemario se haya anticipado en una publicación menor en 1999, para consolidarse editorialmente sólo en 2002. A juzgar por esta voluntad de apertura, es casi natural que Fabulaciones… siguiera en movimiento, que su acomodación composicional continuara un momento más. Es verdad que aun el libro que se ha pretendido fijado, aun aquel texto “establecido” con el rigor filológico, sin embargo se mueve. Le basta estar vivo para no acabar de acomodarse en las páginas que anhelan capturarlo. Pero es que Fabulaciones… mismo es un movimiento. No es por acaso que este momento de Gavilán se escriba a la sombra de Darío. O, mejor dicho, es un hecho de significativas implicancias para comprender la tentativa de poetización gavilaniana y –ya que estamos en esto– para una comprensión, ciertamente de esfuerzos agregados, de la poesía de autores chilenos a partir de la década de 1990. Por lo pronto, la fijación del nombre de Darío en esta navegación no es sólo una digna salutación al fundador de la poesía hispanoamericana. Es, sobre todo, señal del navegante como estratega: con Darío se consiguen abundantes aparejos y se transita hacia a una vastedad de mares y de tierras. Convengamos en que no es poco. Lo que se espera de un navegante todavía novato es, precisamente, que esté provisto de alguna estrategia para sortear los avatares de la empresa en que se ha involucrado. Y la de Gavilán, en este momento, es con Darío; no a pesar, ni más allá de él. Vale decir, supone pasar por él, oírlo a fondo, aprender de él.


Enseguida, los breves poemas de Raíz del aire, todos sin títulos y de versos muy breves también, plantean una propuesta distinta. Al buscar alguno que pudiera ser representativo, se tiene la sensación de que el todo se verifica en cada parte, esto es, de que cualquiera de sus caras puede atestiguar por el conjunto. No se trata de un relato en fragmentos, sino de una meditación que canta en voz baja. He aquí el cuarto poema, en su final: “Voraz,/ mi tacto pertenece/ como Rosa enmohecida/ a la boca que te niega cuando habla”. Y es que la escritura de Raíz del aire tiene, no diré que una voracidad evidente, dada la cortedad de sus manifestaciones y su apariencia de timidez, pero sí un ímpetu contenido y, sobre todo, es una escritura equilibrada en la paradoja. Voraz, con apariencia de contención; buscadora de la Rosa eterna –¿Amor, Poesía, Belleza?–, pero negándola; táctil, pero referida a una boca que emite sonidos. Es el juego que anima al conjunto y que lo hace moverse –sus versos, páginas, imágenes, temples anímicos– buscando, tocando, diciendo, olvidando, reconsiderando. El poema final es una justa palabra conclusiva. “En la Constelación/ no leas: es imposible./ En el corazón, si puedes,/ como dispersión/ del viento; ajeno/ frente a Dios:/ callado ante otra estirpe”. Así a solas, suena a consejo, pero me atrevo a decir que, luego de terminado el pequeño viaje del conjunto, es poco menos: un hallazgo terminal que se comparte en voz baja, una certeza tenue que acaso sirva de consejo a un igual; nunca una enseñanza impartida de modo indudable o perentorio. No es el poeta maestro, profeta o juez, sino compañero de camino, acaso por un breve trecho de la ruta.


Vendramin viene a dar vigencia al gesto de Gavilán de haberse situado junto a Darío y a otros autores entrañables. Gesto que supone algún riesgo todavía, pese a la innegable mayor seguridad que Gavilán exhibe ahora, dado que no se trata de salpicar un libro con unos cuantos nombres y títulos de obras, para correr enseguida a refugiarse en la palabra “intertextualidad”, y para luego pregonarla como novedad a diestra y siniestra. Así, cualquiera; lo vemos a menudo. El gesto gavilaniano, en cambio, supone alguna decantación lectora previa y, enseguida, una proyección creadora –posible– de esas otras escrituras en la tentativa propia. De ahí que el resultado sea una amplificación de la intensidad poética, y no la hinchazón erudita. Porque Vendramin, al abrir diálogos imaginarios con diversos autores entrañables para Gavilán –Ennio Moltedo y Martín Cerda, entre ellos–, abre también diálogos casi silenciosos entre interlocutores apostados en esta referencia a los Vendramin, aparentemente extemporánea y que enciende una luz de bienhechora extrañeza a las esperables relaciones que se dan en el libro. En el fondo, es una escritura que intenta regresar al diálogo crítico con la cultura mundial que la poesía de autores chilenos, con genuino espíritu de búsqueda y de escucha, cultivó por décadas. Vendramin, me parece, afianza dicho espíritu en el trabajo desplegado de nuestro autor.


Es entonces que acontece Claro azar. “Habíamos dejado de estar próximos a la marea;/ el rumor cotidiano ofrecía el desplazamiento de cualquier ilusión”, se inicia este libro breve, al tiempo que poema extenso. Es justamente el acontecimiento de una especie de marea que moviliza conocimientos experienciales con visos de complicidad, como si hablara a quien ya está en el secreto, como asumiendo que el lector no necesita mayores pistas. La marea, el movimiento del poema, es así constante, sin hitos visibles, salvo sus tres partes numeradas en romano, acaso recordatorios de una dinámica más musical que discursiva. La escritura de Gavilán se plasma aquí como recursividad de tonos y de ritmos, donde las palabras, esa mensajería de la que creemos saber tanto, difuminan sus significados y se manifiestan como tonos o capas de sonoridad, con mucho de extrañeza. Si jugamos adecuadamente el juego de la ficción, es probable que el poema nos envuelva con su propio saber intuitivo acerca del paso del tiempo, de la solvencia y fragilidad de las relaciones humanas, de la realidad de la escritura literaria, de la memoria y sus estrategias. “¿A dónde va entonces todo esto?/ ¿A dónde el tiempo vencido diagrama una explicación/ para conjurar la aridez de su silencio?”. Reconocemos aquí la presencia de la Venus de Eduardo Anguita –otro autor entrañable de Gavilán– que también se dejará ver en la presencia del “gusano” hacia el final, pero estas preguntas, en Gavilán, ostentan una morosidad mayor, una demora en que las palabras se vuelven para mirarse a sí mismas, para afinarse o modularse en sus despliegues, recursividad constante. Aun así, el hablante reiterará hasta el final que “volver a las estaciones del tacto, no a las preguntas,/ no implica olvidar las respuestas”. La claridad del título se intuye, entonces, como sustantivo: la escritura es un claro, una momentánea e incalculable iluminación que, por demás, se quiere compartir con un otro cercano.


“Nada hay en la mirada,/ sólo el paso monótono del agua/ y el enigmático principio de una piedra muda”, es una sentencia que parece captar el tono más permanente de Voz de ceniza, el siguiente conjunto de poemas de este Mundo visible. El poemario se compone de siete textos de extensión media, sin títulos y numerados en romano nuevamente, pero que se deja leer como un solo flujo, apenas puntuado por la numeración. Esta última sólo diferencia momentos, cambios pequeños de intensidad. Los asuntos van y vuelven enmarcados en el tópico tempus fugit, porque la escritura, también aquí, es una cierta insistencia –la recursividad gavilaniana– en asuntos con apariencia múltiple: los lazos familiares, las estaciones del año, el peso del azar, la dinámica de los elementos y de la tierra, alguna nueva escena mítica, las recurrentes preguntas sobre el sentido de todo. Voz de ceniza, en su brevedad, en su poetizada fugacidad más bien, nos somete al vértigo del acontecer de lo real, de la variedad de caras que se sustituyen como en un caleidoscopio, inquietándonos con la subterránea pregunta acerca de la movilidad o inmovilidad de lo real. Es, una vez más en esta poesía, el acontecimiento de la paradoja. “Ahora nazco a la quietud de este movimiento”, asevera el hablante ya cerca del cierre, en un verso que podría estar firmado por Octavio Paz. Siempre con su moroso proceder, esta voz pareciera desenvolverse con el cuidado de saberse de ceniza: con voluntad de decir en la inminencia de esfumarse por completo, disipada, en primerísimo lugar, por el propio aliento. Paradoja la voz misma.


Rompiente es acaso el nombre más apropiado –más natural– para abrochar Mundo visible. La secuencia de títulos se muestra como una ficción de segundo grado, en que la imagen de la marea cobra nueva vida, recursiva vida, en este final. Todos los movimientos anteriores vienen a dar aquí, a un poemario hecho como a retazos, casi despedazado, pero al modo del mar que rompe, de la ola que ascendió y que ahora cae en goterones y brisa. Es una palabra que vuelve a apostar por la voz baja o media, y por la dicción menos entrecortada que cautelosa. Fragmentaria, no por ineptitud compositiva mal disimulada, sino tal vez por cautela. Cautela o cuidado para evitar no tanto el lugar común como la profecía estentórea, tan segura de sí misma que se vuelve inverosímil hoy por hoy; cautela o cuidado para, una vez más, allegar un saber incierto pero reconocible en su afirmación, siempre en un sotto voce que nos recuerda, si se trata de entreoír otras voces, la interlocución de Pedro Lastra, por ejemplo, con el poema como diálogo explícito. La marea parece recrearse, pues, en versos como éstos: “El mar dividiéndose a sí mismo/ escribe su propia ausencia:// olas que se abren/ a la trama inacabable de su voz”. Y es que la propia voz es aquello que viene a romper, ciertamente, en una averiguación de las propias posibilidades y capacidades, pero cada vez, en cada página, en cada envión o avance de palabras, en cada tentativa que es, a la postre, este esfuerzo de escritura, de pensamiento, de composición rítmica, de visualización de imágenes incesantes.


CODA


Desde Eurídice duerme en nuestro sueño hasta Rompiente, es así como Mundo visible se decanta. Movimiento musical o de marea, la poesía reunida de Ismael Gavilán no desemboca en la consolidación de un saber seguro ni de una dicción monocorde, como ha sucedido no pocas veces en la poesía hispanoamericana y en las otras. Lo dijimos: la suya es una escritura que avanza y retrocede, que reconsidera y se detiene, que se atreve a cantar y a meditar, que puede narrar e interpelar a otro; todo esto, en la propia marcha de la versificación y especialmente en los poemas más extensos. De ahí que sus modos de poetización encuentren buena compañía en poetas como Eduardo Anguita, Ennio Moltedo, René Char, Georg Trakl, R. M. Rilke y otros convocados por su escritura, pero también de artistas de otras disciplinas, como Johannes Brahms y Arnold Schönberg. Buena compañía quiere decir, aquí, modulaciones propiamente musicales, esto es, resonancias que comienzan a variar enseguida, para redirigir la imagen, su ritmo y su significación en horizontes muy diversos. Este mundo de Ismael Gavilán termina por hacernos visible esa búsqueda, esa voluntad y ese arrojo de ir más allá, allende la jerga del barrio, allende las autolimitaciones de lo “popular” y de lo “culto” –increíblemente prestigiosas aún–, allende las meras amplificaciones de los hechos de cada día, para al menos atisbar lo que siempre parece escapársenos por estar justo más acá, en todo corazón humano, y que muchas veces contraría la buena consciencia del momento, la tendencia del mercado y hasta los nobles propósitos del poeta. Búsqueda incesante de posibilidades y capacidades: acaso la más sincera e incierta navegación, y por tanto la más confiable aventura, hacia lo que la poesía ha sido siempre y siempre de modos múltiples: la voz dignificada como canto.

Ismael Gavilán (Valparaíso, 1973). Ha publicado los libros de poemas Llamas de quien duerme en nuestro sueño (1996); Fabulaciones del aire de otros reynos (1999 y 2002); Raíz del aire (2008) y Vendramin (2014). Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, griego y polaco y ha sido incluido en varias antologías nacionales y extranjeras. Asimismo es autor de la antología El mapa no es el territorio: antología de la joven poesía de Valparaíso (2007) y Entrada en Materia. 17 poetas jóvenes chilenos (2014). Como ensayista ha publicado Pensamiento y creación por el lenguaje. Aproximación a la obra poética de Eduardo Anguita (2010) y ha colaborado con artículos, notas, ensayos y reseñas en diversas revistas chilenas y extranjeras. Ha recibido la Beca del Taller de Poesía de la Fundación Pablo Neruda (1997) y la Beca de Creación Literaria del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2001). En 2011 fue finalista del VI Concurso de Ensayo en Humanidades Contemporáneas organizado por la Universidad Diego Portales, el Goethe Institut y el suplemento Artes y Letras de El Mercurio de Santiago. Ejerce docencia en varias universidades y es monitor del Taller de Poesía del Centro Cultural La Sebastiana de Valparaíso.


Roberto Onell H., poeta, es autor de los poemarios Rotación (2010), Los días (2015) , Voz en camino (2020) y La hora de Ñipas (2021). Licenciado en Sociología y Doctor en Literatura, enseña actualmente en la Facultad de Letras UC. Su tesis doctoral, La construcción poética de lo sagrado en “Alturas de Macchu Picchu” de Pablo Neruda, fue publicada por Georg Olms en 2016. Actualmente, preside la Asociación Latinoamericana de Literatura y Teología (ALALITE).




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