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  • 13 Mirlos

FELIPE GARCÍA QUINTERO

7 poemas del notable poeta colombiano

 

Relámpago


De noche, el agua y sus piedras, escucho caer sobre el

tejado.


Y mis ojos cerrados se topan con el insomnio del mundo.


No miro nada más que la oscuridad en las estrellas,

cuando cubre las llamas del parpadeo.


Otros animales también husmean entre el silencio de

la hierba, como yo, la luz profunda de un desolado

reino.





 

Pradera


Miríadas de caballos; cascos, por el viento, de caballos

fugitivos.


Con su marcha la hierba desentierra sus más profundas

plegarias, y un nombre pasajero se detiene a la orilla

de los labios.


Habitados laberintos del tiempo, ese pesar todo de las

nubes en la mano, si yo pastor te recuerdo.



La cabra


Como Umberto Saba, he hablado a una cabra.


Y como hoy yo mismo, estaba sola en el prado, atado, como

ella también de noche, a un viejo lazo, haíto de hierba.

Bañado por la lluvia, igual, balaba.


Ese su balido, como ahora el poema, era fraterno a mi dolor.

Será porque yo hablé primero que la cabra entonces se acalló.

Y porque el dolor es eterno, dice el poeta, tiene una sola voz y

nunca cambia.


Mi voz escuché en el gemir de la cabra solitaria.



Con amor de piedra


El pájaro mira el cielo cautivo en el agua.

Gota a gota lo rompe.


Y a sorbos, el reflejo de las alturas.


Al tornar la mirada del aire,

-ese volver al aire la mirada-

llenos de sed sus ojos tiemblan.



MI PADRE, día a día, noche tras noche, alimenta con su

vida a los cuatro caballos ciegos que lo maldicen.


Los cuatro caballos ciegos le persiguen por el silencio

de la casa que los esconde, mientras lo miro lavar sus

manos con la lluvia que escurre por los tejados rotos

del sueño.


Los cuatro caballos ciegos de mi padre lo llevan a pasear

por cuatro reinos diferentes, donde todo recuerdo es

una ruina.


Los cuatro nombres por los que me llama.



MI CASA, como el desierto, no tiene techo ni puerta,

solo boca.


Mi casa, como la piedra, no posee vigas ni cimientos,

solo una mano empuñada la sostiene.


Esta casa la he construido quitando ladrillos y entregando

mis huesos al vacío que resta.


La casa es oscura como mi voz en sus corredores.


Vivo en la casa que camino. La que acecho y me persigue

como el gusano tras la carne enferma.


A cada grito se levanta; con cada silencio la destruyo.



Agua rota


I.


evito las palabras. A cada palabra evito las palabras.


Con cada paso. Cuando escribo no quiero usarlas; no

quiero tocarlas cuando hablo.


Escribo para dejar de escribir:


 

Felipe García Quintero (Bolívar, 1973). Doctor en Antropología de la Universidad del Cauca y Magíster en Filología Hispánica del Instituto de la Lengua del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España (2005) y en Estudios de la Cultura de la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Quito, Ecuador (2003). Se desempeña como profesor Titular del programa de Comunicación Social de la Universidad del Cauca, en Popayán, Colombia. Ha publicado los libros de poesía: Vida de nadie (1999), Piedra vacía (2001), La herida del comienzo (2005), Mirar el aire (2009), Siega (2011), Terral (2013), Algún latido (2016) y Animal de ayer (2018).También ha publicado las antologías personales: Casa de huesos y Honduras de paso, Mérida, 2002 y 2007; Horizonte de perros, Cali, 2005, La Paz, 2011, El pastor nocturno, Santo Domingo, y Bogotá, 2012, Tarjo Granada, 2014 y Las presas por su sombra, Santiago, 2018.En 2014 Mantis Editores de México publicó La piedad. Poesía reunida 1994-2013, con un estudio introductorio de César Eduardo Carrión. Obtuvo por concurso los premios: Encina de la Cañada (España), Iberoamericano Neruda 2000 (Chile), Universidad Industrial de Santander (2010) y “Eduardo Cote Lamus” (2012) (Colombia).



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