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SOBRE “EL ESTALLIDO DE LA POESÍA” DE AMANTE ELEDÍN PARRAGUEZ


 

Por Sergio Rodríguez Saavedra


De niño, un juego fascinante era conseguir que cualquier objeto circular fuese capaz de recoger suficiente lavaza de una artesa y que este ejercicio permitiera formar una pompa capaz de desprenderse y flotar en el aire. Inocente juego de niños, como los que ocurren en la película Machuca que, como todos saben es la experiencia que también narra Amante Eledín Parraguez Lizana —nuestro autor— en su obra Tres años para nacer. Y los juegos son formas naturales de aprendizaje. Por ejemplo, uno aprende que algo transparente que llama la atención borra, precisamente, lo que está del otro lado. Además se aprende la palabra efímero y que al agitarse la ilusión: revienta.


“Escuchaba largos discursos cuando chico,

elocuentes políticos con buena cara y voz amena,

siempre nos decían que el futuro sería distinto,

con otro paisaje;

un paraíso.”


Percibo en estas líneas de su último libro, esa irrenunciable búsqueda de realizar la utopía a través del movimiento político que -no olvidemos- al mantener esa ilusión inicial debiese reventar para llegar a la muestra de la otra cara de la realidad. Una realidad transida de pasión, que solo puede ser descrita mediante el arte que termina escogiendo: la poesía. Arte que no le es ajena ya que ha publicado antes y seguramente, también habrá un después.


La poesía estalla, la poesía siempre estallido de palabras, emociones, memoria.


Este libro, precisamente, da cuenta de un movimiento social producido en Chile el año pasado asociado al estallido del 18 de octubre. Este libro escrito desde la mirada, a veces tierna e inocente, a veces irónica y crítica, se hace cargo de un presente donde la evolución política se da la mano con esta época de virus. Sus textos dan cuenta -casi de forma directa- del cúmulo de situaciones que han cubierto la palabra noticia estos dos años. Es una actitud ligada a la crónica, crónica de una vida que sabe de estallidos, como bien lo ratifica en el poema “Se puede porque he vivido” que comienza con una referencia biográfica: “Porque he vivido bajo un techo de fonolas.” Para quienes no lo sepan, las fonolas o fonolitas era una techumbre de cartón ondulado impregnado en alquitrán que servía, apenas, para diferenciar un hogar humilde de la intemperie.


La intemperie de este siglo: calles y plazas, sirven para reconducir el sueño -nunca perdido, insisto- hacia la justicia social donde ciertos conceptos como dignidad y constituyente, serán leídos constantemente a lo largo de estas páginas.


Y quien escribe, creo haberlo insinuado, sabe y reconoce estos conceptos más allá de su definición, los sabe en la práctica. Los sabe porque a través de su vida ha desarrollado el hábito de hacer estas abstracciones una prueba concreta de las capacidades del hombre, a través de su presencia activa en su propia formación profesional, la Sociedad de Escritores, el Centro Cultural La Barraca, las salas de clases, los movimientos gremiales, sociales y, por qué no decirlo: la amistad.


En fin, vaya un reconocimiento a toda esta vida dedicada a la enseñanza con el ejemplo.

Pero volvamos, El estallido de la poesía es eso, una obra muy sincera sobre la contemplación de una sociedad que revienta y que puede ser leída desde dentro y fuera, porque su autor estuvo y está en ambos lados de la acción:


“El poema de amor constituyente persigue lo justo

que debe regir entre todas las cosas:

en lo claro de la luz, en lo dulce del agua,

en el abrigo del sol;

y en lo bello del encuentro.”


El profesor Iván Carrasco en su ensayo Tendencias de la poesía chilena del siglo XX dice sobre la poesía de la contingencia: “El sujeto adopta la actitud de un hablante testimonial, es decir, de un testigo participante y comprometido con las situaciones que expresa o refiere, que asume la defensa de las personas y valores de los sectores involucrados en el rechazo del régimen autoritario” en alusión al régimen militar que gobernó nuestro país, pero que en el presente trabajo toma absoluta validez.


Es así que entiendo, dentro de una poética de la contingencia, que coexisten las voces de quienes estuvieron empujando el carro del proceso constitucional y aquella experiencia propia que necesariamente se une a un decir popular. Una poesía, además, que es testigo crítico y, como tal documento de una solidaridad:

Para terminar y en palabras de Amante Eledin Parraguez:


“El sueño de mi mano es encontrar otra

que tenga la clave de la existencia.”

 

Amante Eledín Parraguez (Santiago, 1956). Poeta y profesor egresado de la Universidad de Chile. Pertenece a la comisión de cultura del municipio de Peñalolén, comuna donde ha desempeñado su trabajo en el ámbito de los talleres literarios y diversas actividades culturales, dirigidas principalmente a los jóvenes pobladores. Es editor y coautor de Un lugar que está en todas partes, obra que narra la historia de la agrupación cultural Barracón. Ha publicado los poemarios: Digo mañana de algún modo (1981), Peñalolén nacido de las profundidades (1996), La canción extraña (1999). Es autor de Tres años para nacer, libro basado en hechos autobiográficos sobre la experiencia del golpe de estado en Chile desde la perspectiva de los niños.


Sergio Rodríguez Saavedra (Santiago de Chile, 1963). Poeta, crítico literario. Ha publicado en poesía Suscrito en la niebla (1995), Ciudad poniente (2000 - 2002), Memorial del confín de la Tierra (2003), Tractatus y mariposa (2006), Militancia personal (2008), Centenario (2011), Ejercicios para encender el paso de los días (2014), Patria negra patria roja (2016) y Días como peces (2020) más las muestras antológicas Nombres propios (Madrid, 2017) y Antología de agua y hueso (Popayán, 2018). Su obra ha sido reconocida en diversos certámenes nacionales, entre otros el 1er lugar en el premio nacional Eduardo Anguita (en sus versiones 2008 y 2010), premio Letras de Chile (2014) y como ganador del XV Premio Stella Corvalán (2019).

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