CINCO POEMAS: J.P. IBARRA
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EL TIEMPO QUE BUSCAMOS
No habrá una forma un punto
en donde las cosas
vuelvan a comenzar desde la nada.
Los rasguños del gato
indican ese idioma resquebrajado
entre los objetos y el tiempo,
entre las palabras y las cosas.
Pero eso
no es otra cosa que un lugar:
un lugar
como aquellos espacios
en que las personas
despliegan los juegos
que fundan justamente quienes son.
El patio se vuelve a ensuciar.
Los platos se vuelven a quebrar.
La casa necesita reparaciones.
Siempre. El tiempo que buscamos.
EVOLUCIÓN DE LAS ESPECIES
Sobrevivió,
sin duda.
A la pisada del bisonte y del paquidermo.
Al aleteo de la polilla antes de la devoración.
Al farol engañoso de la costa retraída en la orilla.
No puedo explicarlo.
No tengo la pregunta indicada.
¿Las respuestas?
Como siempre,
podríamos hacer listas interminables
sobre la enumeración de las causas y consecuencias,
pero
desde las osamentas indistintas,
desde el manojo de lavandas púrpuras,
desde la cavidad del hálito
y desde el perfume continental de su germen maldito:
–el poema ha sobrevivido–.
UN ÁRBOL
Un árbol no cambia su lugar.
Crece y se expande
en la medida en que sus límites lo permitan.
¿Quién sabe
cuánto ha tenido que soportar,
–inmóvil y silencioso–, sin ignorar su naturaleza?
Vulnerabilidad y vida.
¿Quién sabe
por qué soporta lo que tiene que soportar
y aun así sigue siendo lo que es?
Sol y tormentas. Resignación.
¿El árbol ha elegido su lugar?
El árbol ha elegido permanecer.
No sabemos nada de sus pensamientos,
sí que no hubo otro método
más que crecer en donde surgió.
¿Te estremece su naturaleza inmóvil?
¿La eternidad tranquila de su silencio?
Algunos forman bosques hermosos, muy verdes.
Otros crecen en lugares un poco más áridos y polvorientos.
Ninguno de ellos quiso irse a otro páramo.
Ninguno de ellos siquiera se preguntó por eso.
El árbol no se desprende de la ínfima parte del todo que le fue dada.
Hoy es menos difícil entender el sacrificio.
Un árbol sólo es un árbol,
así es parte del mundo
desde el mismo lugar de siempre.
HAZ QUE APAREZCA UN MUNDO
Haz que aparezca un mundo:
el que ves, el que te ha sorprendido
y que ha modelado su sustancia
dentro de ti.
Haz que aparezca,
esfuérzate, más que sólo un poco.
Siempre ha estado ahí
desviando el contacto de la mirada,
y te lleva a las cosas que a ti te importan,
hacia esos paisajes inadvertidos
que se tienden tras el paño de horizonte.
Despréndete de ti
y no del fragmento correspondido:
en sus superficies
circulan los elementos necesarios
para realizar
al fin
la restauración de los retratos.
Coloca allí
los rasgos que te han llamado la atención
he intenta describir las razones
que te llevaron a seleccionarlos.
No te apresures,
quizás se olvida algo.
Vuelve las veces que sea necesario.
E incluso, si lo prefieres, no lo hagas,
pero sí haz que retorne a nosotros
el aspecto parcial
que te llama
y que se ha estrellado
en la dimensión íntima de tu ser:
no dejes que caiga en cualquier parte,
deja que te impregne con cada matiz, trazo y tinte,
porque ese es el obsequio que recibimos
luego de desaparecer
y permitirnos ser un medio
para que el mundo
acreciente su latido.
PETICIÓN INVERNAL
Vive en mí
un invierno de lodos y penumbras.
Un establecimiento de pausas en el cielo
ante la sofocación del azul y el celeste.
Un invierno de patos
buscando socorro de la lluvia bajo el amparo de los nogales.
Una conversación de sapos verdes en el reposo de las hachas.
La despedida de la sangre de las frambuesas retiradas.
No habían muchas visitas en ese entonces,
hay que conformarse con poco, con lo que había.
Con la visita periódica de las bandurrias
antes de frotar en sus cuerdas vocales
el canto característico del invierno.
¿Sabes? No puedo quitármelo. No puedo sacarlo de mí.
La fricción de las cáscaras de las nueces reunidas
en los antiguos toneles de madera noble pero apolillada.
La guardia perpetua de las piedras
ante la reaparición de las lombrices.
Ha quedado en mí la trasmisión de las hojas muertas,
la reducción del verde y la ampliación del plomo.
¿Puedo ser culpable de esto?
¿Puede ser errático lo que digo
si no es otra cosa que aquello que vi?
El sonido batiente de los matorrales resecos
entre los cactus fue mi educación musical.
El repliegue de cerros marrones
y colinas cobalto ansiosas de pasto
y cercando lo que había más allá,
nunca me hizo sentirlo como una imposición,
sino más bien como un corral de gallinas
que apelaban a consumir los granos de maíz
y a un pernoctar con recato,
sobre todo ahí:
en la suspensión del verano, en la degradación del sol,
en lo que significa protegerse de la fuga del calor.
Esas fueron mis andanzas, no otras.
Y nunca dejo de pensar ¿Por qué yo?
Antes y después han habido tantos y mejores.
¿Por qué yo tuve que traerte a tu escritorio, cama o sitial,
la promesa de las uvas, la esperanza de los tomates?
¿Por qué yo tuve que entregarte estas cartas,
como cruzando mar y montaña,
esperando hasta cuando maduren las manzanas,
estas cartas
para que puedas conocer
la incubación del durazno, el esparcimiento de los fardos,
lo que forja esto
sin que nadie –salvo tú– me lo pidas en silencio?
Juan Pablo Ibarra (Peumo,1997). Poeta. Psicoanalista.
Ha desarrollado su trabajo literario de forma autónoma y bajo la guía de los poetas Angélica González Guerrero, Marcelo Novoa, Germán Carrasco y Giovanni Astengo. Próximo a publicarse su primer libro 16 Poemas por Editorial After Poetry.


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