top of page
Buscar

CINCO POEMAS: J.P. IBARRA

  • 13 Mirlos
  • hace 3 días
  • 4 min de lectura

EL TIEMPO QUE BUSCAMOS


No habrá una forma un punto

en donde las cosas

vuelvan a comenzar desde la nada.


Los rasguños del gato

indican ese idioma resquebrajado

entre los objetos y el tiempo,

entre las palabras y las cosas.


Pero eso

no es otra cosa que un lugar:

un lugar

como aquellos espacios

en que las personas

despliegan los juegos

que fundan justamente quienes son.


El patio se vuelve a ensuciar.

Los platos se vuelven a quebrar.

La casa necesita reparaciones.


Siempre. El tiempo que buscamos.



EVOLUCIÓN DE LAS ESPECIES


Sobrevivió,


sin duda.


A la pisada del bisonte y del paquidermo.

Al aleteo de la polilla antes de la devoración.

Al farol engañoso de la costa retraída en la orilla.

No puedo explicarlo.

No tengo la pregunta indicada.

¿Las respuestas?

Como siempre,

podríamos hacer listas interminables

sobre la enumeración de las causas y consecuencias,

pero

desde las osamentas indistintas,

desde el manojo de lavandas púrpuras,

desde la cavidad del hálito

y desde el perfume continental de su germen maldito:


–el poema ha sobrevivido–.



UN ÁRBOL


Un árbol no cambia su lugar.

Crece y se expande

en la medida en que sus límites lo permitan.

¿Quién sabe

cuánto ha tenido que soportar,

–inmóvil y silencioso–, sin ignorar su naturaleza?

Vulnerabilidad y vida.

¿Quién sabe

por qué soporta lo que tiene que soportar

y aun así sigue siendo lo que es?

Sol y tormentas. Resignación.

¿El árbol ha elegido su lugar?

El árbol ha elegido permanecer.

No sabemos nada de sus pensamientos,

sí que no hubo otro método

más que crecer en donde surgió.

¿Te estremece su naturaleza inmóvil?

¿La eternidad tranquila de su silencio?

Algunos forman bosques hermosos, muy verdes.

Otros crecen en lugares un poco más áridos y polvorientos.

Ninguno de ellos quiso irse a otro páramo.

Ninguno de ellos siquiera se preguntó por eso.

El árbol no se desprende de la ínfima parte del todo que le fue dada.

Hoy es menos difícil entender el sacrificio.

Un árbol sólo es un árbol,

así es parte del mundo

desde el mismo lugar de siempre.


HAZ QUE APAREZCA UN MUNDO


Haz que aparezca un mundo:

el que ves, el que te ha sorprendido

y que ha modelado su sustancia

dentro de ti.

Haz que aparezca,

esfuérzate, más que sólo un poco.

Siempre ha estado ahí

desviando el contacto de la mirada,

y te lleva a las cosas que a ti te importan,

hacia esos paisajes inadvertidos

que se tienden tras el paño de horizonte.

Despréndete de ti

y no del fragmento correspondido:

en sus superficies

circulan los elementos necesarios

para realizar

al fin


la restauración de los retratos.

Coloca allí

los rasgos que te han llamado la atención

he intenta describir las razones

que te llevaron a seleccionarlos.

No te apresures,

quizás se olvida algo.

Vuelve las veces que sea necesario.

E incluso, si lo prefieres, no lo hagas,

pero sí haz que retorne a nosotros

el aspecto parcial


que te llama

y que se ha estrellado

en la dimensión íntima de tu ser:

no dejes que caiga en cualquier parte,

deja que te impregne con cada matiz, trazo y tinte,

porque ese es el obsequio que recibimos

luego de desaparecer

y permitirnos ser un medio

para que el mundo

acreciente su latido.


PETICIÓN INVERNAL


Vive en mí

un invierno de lodos y penumbras.

Un establecimiento de pausas en el cielo

ante la sofocación del azul y el celeste.

Un invierno de patos

buscando socorro de la lluvia bajo el amparo de los nogales.

Una conversación de sapos verdes en el reposo de las hachas.

La despedida de la sangre de las frambuesas retiradas.


No habían muchas visitas en ese entonces,

hay que conformarse con poco, con lo que había.

Con la visita periódica de las bandurrias

antes de frotar en sus cuerdas vocales

el canto característico del invierno.

¿Sabes? No puedo quitármelo. No puedo sacarlo de mí.

La fricción de las cáscaras de las nueces reunidas

en los antiguos toneles de madera noble pero apolillada.

La guardia perpetua de las piedras

ante la reaparición de las lombrices.


Ha quedado en mí la trasmisión de las hojas muertas,

la reducción del verde y la ampliación del plomo.


¿Puedo ser culpable de esto?

¿Puede ser errático lo que digo

si no es otra cosa que aquello que vi?


El sonido batiente de los matorrales resecos

entre los cactus fue mi educación musical.

El repliegue de cerros marrones

y colinas cobalto ansiosas de pasto

y cercando lo que había más allá,

nunca me hizo sentirlo como una imposición,


sino más bien como un corral de gallinas

que apelaban a consumir los granos de maíz

y a un pernoctar con recato,

sobre todo ahí:

en la suspensión del verano, en la degradación del sol,

en lo que significa protegerse de la fuga del calor.


Esas fueron mis andanzas, no otras.


Y nunca dejo de pensar ¿Por qué yo?

Antes y después han habido tantos y mejores.

¿Por qué yo tuve que traerte a tu escritorio, cama o sitial,

la promesa de las uvas, la esperanza de los tomates?

¿Por qué yo tuve que entregarte estas cartas,

como cruzando mar y montaña,

esperando hasta cuando maduren las manzanas,

estas cartas

para que puedas conocer

la incubación del durazno, el esparcimiento de los fardos,

lo que forja esto

sin que nadie –salvo tú– me lo pidas en silencio?


Juan Pablo Ibarra (Peumo,1997). Poeta. Psicoanalista.

Ha desarrollado su trabajo literario de forma autónoma y bajo la guía de los poetas Angélica González Guerrero, Marcelo Novoa, Germán Carrasco y Giovanni Astengo. Próximo a publicarse su primer libro 16 Poemas por Editorial After Poetry.

 
 
 

Comentarios


Únase a nuestra lista de correo

Thanks for submitting!

© 2023 by Glorify. Proudly created with Wix.com

bottom of page