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  • 13 Mirlos

JULIETA MARCHANT: 4 TEXTOS


De El nacimiento de la hebra


ESCUCHO A MI MADRE quejarse y miro los /cuadernos

líneas esperan ser colmadas y este brazo /inmóvil.

La palabra en la boca, la boca en la mano, el /tiempo

franquea la hoja y se estrella en los rasgos /geométricos

de mi madre que se queja. Ella, resuelta incluso /para llorar.

Su ruido interior es igual al de afuera

la calma en su pecho se contrae.


Si pulsa es por frío y desgarro, si habla es por hambre

y consuelo, si escribe es por falta.

Carezco de palabras para estas palabras.

Allá afuera existe un orden, me digo

persigo un dictado y yerro.

Anido en el letargo: hablar como quien escribe

o escribir como quien habla, pensar como quien calla

sumisa ante la idea de que nada reverdece.

Mi madre planta un sauce en la mitad del jardín

e imaginamos que todo impide su existencia.

yo atiborro de macetas un balcón que no sabe de jardines

nos une una antigua achira

que se sobrepone a la muerte de mi abuela

y que ella ha dejado como un humilde tesoro.

Hija, esta achira custodia el nombre de tu abuela.

Si crece es por calor y gracia, si escribe es por daño.

Deletreo el nombre y en ese automatismo algo se pierde.

Quizás así serán siempre las palabras

nombres que se desviaron al pensar que llegaban las cosas.

Desciendo al pasado y ningún indicio de volver.

Allá afuera el sauce extiende sus raíces

y me trae un sauce de otro tiempo al que deseo renunciar.

A su sombra dijiste me quedo

y yo me equivoco a pesar de ti.


Este estrecho lenguaje te ofrendo, en la insignificancia

de una mano que no supo abrir. Apretó el cuerpo

y el deseo por un borde dibujó un camino donde atesorar.

Surcos escriben en la carne, lo inhóspito de una sábana

opaca un cuerpo que no conoce su ternura.

La lejanía de tu mano esconde la lejanía de mi brazo en la lejanía de la hoja.

No esperar porque el tiempo nada sabe de nosotros

ni nosotros al tiempo esperamos cuando mitiga la lluvia.

Mi nombre llama a la que aguarda y yo no sé de anhelar.

Otorgo y renuncio.

Todos los días acaba un cuaderno, colecciona palabras o congojas

entorpece un ritmo que el lenguaje no atrapa ni desata

cerrar la puerta de la página quiere.

Un puñado de plumas estorba un puñado de vuelos.



EL LIBRO SE ACERCA al rostro que abre el ojo que aqueja la letra.

Escribe y en las palabras nada responde.

Acerca la mano a la hoja

que no sabe de la mano que temerosa despegar pretende.

Un puñado de plumas es lanzado desde arriba

y simula vuelos o disimula falta

esquiva el recorrido que la caída traza.

Así te recuerdo, soslayando la agitación

que se anticipaba a tu cuerpo:

en el borde de las cosas siempre

(nada de ti podría conmoverme).

En la página respira y cede

y tu imagen es la borradura de todos los afanes

de este cuerpo que no ha cesado de quejarse.

Cuando el deseo resbala por la grieta

y el pensamiento empuña

capturar es necesario e imposible.

Yo me quedo.


Qué dice un ciruelo de nosotros, pregunta

y él la mira como si detrás hubiera alguien

que custodia la respuesta.

Voltea tarde o toca a la distancia

habla demasiado pronto.

Una pregunta podría ser un modo de pedirle al otro que se quede.

Cómo soportar el rostro de quien amamos

cuando es incapaz de concedernos descanso.

Escribe y se arroja

en el tiempo de la espera

el severo sonido del dolor. En la pausa de la espera

el instante, en tardanza de quien ansiamos

un pájaro anida, en toda demora o retardo

en cada espaciamiento el pecho respira

y reanuda el ritmo de quien sobrevive su propia y única

posibilidad de desaparición. En todo suspenso

en ese cada vez del cada quien, en el cada cual

la interrupción de una mano

que ha llegado a convocar una herida

que nos completa. En la espera del que aguarda

-en el lugar de la espera que solo aguarda su lugar-

o cuando el poema deja de escucharnos

e incluso de escribirnos

en ese momento donde el lenguaje se destempla

vamos al encuentro de quienes fuimos

y esperamos el arribo de quienes somos

creyendo que la palabra del otro volverá a cubrir

lo que ella misma desmembró.


El libro se aproxima al rostro y las palabras

hospedan en lo que el ojo quisiera rechazar

(cerrar la puerta de la página intenta).

En tu cuerpo mi falta manifiesta diferencia

y no me defiendo.

En la tardanza de quien ansiamos un pájaro empluma.

La fuga de un vuelo habla del tiempo

que perdimos por paciencia y piedad.


De Habla el oído


Las palabras, secretas y disponibles, esperan que sus ínfimos cuerpos reciban una mano que sostenga. De dónde tanto miedo, le preguntan, y ella se mira en los ojos que medían el tiempo para huir. El temblor no proviene de afuera, soy un adentro, pensó, y la distancia se hizo lugar en ese pensamiento que sobresaltado encontró su orilla. En la superficie el viento indica que existimos. Todo podría volver bajo la forma extraña del sueño o del recuerdo.


*


Cuando las palabras recuerdan su origen y repiten esa desaparecida raíz que arrancada al viento se mece, el silencio recupera su forma. Supe de tu cuerpo y del movimiento que hizo de él un cuerpo. Lo veo derrumbarse y sus ruinas alcanzan las ruinas del mío que espera su temblor. Alguien habla de otro tiempo y soy incapaz.

Julieta Marchant (Santiago, 1985). Ha publicado Urdimbre (Inubicalistas, 2009); Té de jazmín (Marea Baja, 2010); El nacimiento de la hebra (Edicola, 2015), parcialmente traducido al inglés como The Birth of Thread, traducción de Thomas Rothe (Tinfish Press, 2019); Habla el oído (Cuadro de Tiza, 2017); Reclamar el derecho a decirlo todo (Pez Espiral, 2017; Jámpster eBooks, 2019) y En el lugar de la mano el ímpetu de un río (Bisturí 10, 2020). Es codirectora de los sellos Cuadro de Tiza Ediciones y Editorial Bisturí 10.


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