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LA POESÍA DE CRISTIÁN CRUZ:DONDE LAS COSAS SE HAN MOVIDO UN POCO


 

Por Marcelo Rioseco



Calculo que Cristián Cruz ha publicado desde el 2000 unos ocho libros de poesía. Además, me encuentro con otros textos donde las hace de editor o antologador. Un tema, una obsesión si se quiere. Parece importante agregar a estos datos que recopilo aquí: el hecho de que Cruz sea un poeta de provincia, que vive en el Valle del Aconcagua, cerca de San Felipe.

Los poetas que no son de Santiago —yo soy uno de ellos— tienen siempre una relación conflictiva con la capital. Lo he podido constatar con poetas y amigos de Valparaíso, Talca, Concepción y Valdivia. Estoy seguro que a esta lista se pueden sumar muchísimos otros poetas de distintas ciudades de Chile. Pienso que esto debe ser importante en el caso de Cruz ya que en 2019 editó un libro sobre el tema: Felices Escritura donde ocho poetas piensan la provincia desde la provincia. Entonces escribir desde los márgenes territoriales de un país que concentra todo en su capital, es un hecho importante aquí. O parece serlo.

Nacer en provincia se puede reducir a tener buena o mala suerte. Es una reducción simplista, lo acepto, pero también, por lo mismo, es funcional. Trataré de explicarla. Sin duda que definirse como poeta de provincia (no como poeta provinciano) es una cita vanguardista, es un gesto en contra, una definición que habla más de los campos literarios que de la literatura. La pregunta que surge es: ¿cuánto aporta a la comprensión de los poemas que nos ocupan aquí? Menciono esto porque el tema toca de cerca al poeta Cruz. Curiosa paradoja atraviesa a los poetas de la provincia, lejos de ser poetas neovanguardistas mantienen vivo el gesto de lucha contra el centro metropolitano. Y tienen razón, el espacio que ocupa Santiago en la literatura nacional no solo es monstruoso sino también injusto.

¿Y por qué es importante esta idea? Porque a mi modo de ver la poesía de Cruz se plantea desde este lugar, como una poesía localizada o que cree localizarse lejos del centro. La imagen es engañosa, toda gran poesía está en el centro y la periferia al mismo tiempo. La misma idea de la aldea puede ser ilusoria también.

El poeta Teillier nos enseñó que en esa nostalgia había un mundo habitable, la aldea era la memoria, el paraíso perdido, la infancia donde aprendimos el verdadero nombre de las cosas. Cuando Teillier escribía su obra, la aldea ya había desaparecido en Chile, pues nunca había existido realmente. Realidad e invención, presente y nostalgia. Los poetas se las arreglan de muchos modos. Cruz sabe desde hace mucho tiempo que la aldea ya no existe. Los poetas de provincia viven, al final, en ciudades, grandes o pequeñas, pero ciudades, al fin y al cabo. Pero, aún así, la provincia define al poeta. ¿Cómo? ¿Por su tamaño o por su distancia de la capital? ¿O por ninguna de las anteriores?”

En su artículo “Si no me hubiese venido, todavía estuviese allá”, Cruz recuerda las tardes y veranos que pasó en la Biblioteca Pública de la calle Riquelme nro.60, en San Felipe, donde el poeta pudo “evadir las vallas papales de la poesía”. Allí se encontró con que los poetas que él quería, también lo querían a él. Las estanterías estaban llenas de libros de poetas chilenos y algunos otros libros imprescindibles para cualquier escritor en formación. En esa vieja casona de un piso no había necesidad de pensar en la academia, en los cánones venidos de afuera, en falsas restricciones que ignoran que “la formación del poeta no depende del territorio, del espacio, ni del tiempo”. Pienso en otro escritor con el que Cruz tiene cierta afinidad, el norteamericano Charles Bukowski quien le dedicó a la Biblioteca Pública de Los Ángeles un hermoso poema cuando ésta se quemó en 1986. El poema es una nota de agradecimiento ¾como lo hace el mismo Cruz en su artículo¾, un testimonio de salvación, un pedazo del pasado con el cual uno vive. Escribe Bukowski: “aquella biblioteca estaba/ allí cuando yo era/ joven y buscaba/ algo/ a lo que aferrarme/ y no parecía que hubiera/ mucho”. La provincia se encuentra con la gran ciudad para decirnos que las bibliotecas son todas diferentes, pero los lectores se parecen mucho entre sí, son los hermanos secretos de esa cofradía de solitarios que se criaron entre estantes polvorientos llenos de libros. En la provincia, en la gran ciudad, el mundo estaba escrito en esos libros, en esos lugares mágicos donde la lectura también podía ser una alfombra voladora para un poeta joven de Chile.

Aun así, el escritor que escribe desde la aldea ¾real o imaginaria¾ puede estar haciéndolo de una manera tal, tan intensamente provinciana, que se vuelve universal. No es extraño que así suceda. La experiencia humana puede variar de país a país, de cultura a cultura, pero los escritores están para hablar de lo común entre ellas, lo que nos toca a todos. Tolstoi lo sabía muy bien. Él, que escribió de princesas que hablaban en francés y de las desproporcionadas guerras napoleónicas, logró que lo leyeran en el siglo XX en las repúblicas sudamericanas donde no existía ni aristocracia, invasiones militares o emperadores autoproclamados. Siempre hay algo más. Eso es la literatura, ese algo más. Para usar una metáfora del mismo Cruz, yo diría que el poeta de provincia cree que juega en una cancha de tierra cuando está metiendo un gol en una cancha de pasto. No hay cancha, no hay pasto, no hay goles, solo jugadores solitarios que escriben poemas.

Ese es el poeta Cristián Cruz que yo leo desde Oklahoma, el jugador solitario que ilumina en sus poemas esos retazos de la vida cotidiana donde la experiencia humana está puesta sobre una mesa limpia donde nos sentamos todos a comer y a hablar, sin trucos, sin artificios, sencillo como el lenguaje de los amigos que se reconocen en la conversación diaria.

Y esta conversación es la que se vuelve a iniciar una y otra vez en la lectura de los poemas que aquí se presentan. Este libro es una selección, pero no una antología tradicional. Algunos poemas ya han sido publicados; otros vieron la luz recientemente. Es, a su manera, una antología personal hecha a futuro, pues contiene adelantos de poemas inéditos. La selección entonces es personal, arbitraria, no busca responder a un criterio impuesto desde afuera. Mejor así, es lo que ha querido el poeta y es nuestra tarea descubrir su orden secreto.

La primera parte contiene poemas de “Dónde iremos esta noche”, la segunda pertenece a “No era yo esa persona” y se agregan cuatro inéditos. La aclaración es necesaria para un lector que no conoce la poesía de Cruz. Para quienes lo hemos leído antes, todos los poemas son inéditos, pues su sorprendente sencillez no termina de asombrarme. Nunca termino de leerlos. Cuando los creo comprendidos y agotados, éstos regresan de nuevo, en silencio, para mostrarme que lo visto ha sido enseñado a media luz, que siempre habrá algo más que leer. Un hecho no me es indiferente, estos poemas han sido escritos en Chile donde la poesía rara vez trata de ser discreta; al contrario, busca con fervor y una bochornosa constancia ese escenario donde está la gran silla imaginaria del poeta único de Chile. Nada de esto parece cercano a Cruz. Sus poemas son poemas de la vida cotidiana. No importa si fueron escritos en San Felipe o New York. Yo, como lector, no advierto la diferencia. Su tono podría confundirse con el de cierta resignación, de alguien que se rehúsa a tocar el mundo con las manos, temeroso que quizá algo se altere, una poesía escrita, en definitiva, por un testigo. A mí me parece que hay un rasgo Zen en esta escritura, como si lo que allí descubrimos y vemos fueran fotos del pasado donde uno ya sabe de antemano que no hay nada más que hacer. “Me acerqué a la ventana a mirar el paisaje/ pero no era el paisaje, era yo que estaba allá afuera como un corpus”, dice el poeta. El testigo es siempre un solitario que, a pesar de todo, siempre está haciendo algo: regresa con su padre muerto en un auto de la funeraria, va a los tribunales y escucha decir al juez algo relacionado a lo que parece ser una pensión familiar, va al centro a desarrollar fotos donde aparece junto a sus hijos, viaja a Concepción y visita un cementerio, acompaña a un amigo y su esposa a un terminal de buses. No hay acciones aquí, sino la constatación de que las cosas se han movido un poco, que los dados se han lanzado y que el poeta a veces gana, otras pierde, y muchas veces, ni gana ni pierde, más bien escribe un poema sobre la gente que gana o pierde. Por ejemplo, en “Parafraseando a Dickens en la navidad moderna”, el poeta mantiene una conversación secreta con él mismo a partir del relato titulado “Cuento de Navidad” de Dickens. La celebración de esta fecha familiar es vivida con cierta resignación, perseguido por el fantasma de las navidades anteriores, de otros tiempos. Escuchamos a una voz en tercera persona o una voz donde el poeta se desdobla para verse él mismo como un personaje de una historia borrosa, su propia historia, o una historia que habría podido escribir Dickens. Me gusta esa idea de leer la poesía de Cruz como un espacio “donde las cosas se han movido un poco”, como una foto movida que comienza a aclararse con el recuerdo o también como “una bandera de lucha desteñida”.


El fantasma de esas navidades pasadas

era la muchacha que le había besado en la adolescencia

de ella nada se sabe.

La presa que viajaba suspendida en las manos de su esposa

terminaba de caer en el plato,

el padre mandó a su hijo mayor a apagar los aparatos encendidos.

Mientras su hijo sube al segundo piso

y su esposa da pie para que debuten los regalos,

se presentó el fantasma de las navidades presentes:

Calle Prat, vida provinciana,

no se puede avanzar, salida del trabajo temprano,

comprar regalos para los cuatro arpones de felicidad

/ que están en la mesa

una pilsen en el mercado, vida holgada,

buen vino para la cena, sobrepeso leve,

cansado pero feliz como profesor, cree ser René-Guy Cadou,

poesía como bandera de lucha, bandera de lucha desteñida.


Otra cosa. La poesía de Cruz podría ser vista como una poesía “narrativa”, aquella escritura que consciente o inconscientemente asociamos a escritores como Raymond Carver. No me asombraría. Una parte importante de la poesía escrita en Estados Unidos absorbe lo narrativo como una forma primordial del lenguaje poético. No hay que olvidar que Carver escribió varios libros de poesía. Pero Carver, por cierto, no es la única influencia. Teillier está allí, pero no directamente, más bien como un padre tutelar al que no se le ha seguido demasiado de cerca. Me atrevería a apostar que Cruz todavía le tiene un gran cariño al poeta de Lautaro. El poeta Ricardo Herrera advierte además la influencia del poeta norteamericano Robert Creely. En esta familia de lecturas e influencias es imposible no sentir, de alguna manera, cierto Bolaño. Claro, al Bolaño poeta, más cerca de los fracasos contemporáneos de una vida cotidiana que el Teillier de la poesía lárica. Bolaño quizás hubiera visto al poeta Cristián Cruz como un “poeta nada lárico”, pues realmente no lo es, aun cuando escriba en primera persona. Lo suyo es más bien el derrumbamiento de una forma de vida, un testigo Zen de la precariedad, de un mundo venido abajo, pero que nunca termina por derrotar al poeta. Se sobrevive en esta poesía, mal, pero sin tragedia y hasta con cierta sabiduría. Muchas son las influencias y lecturas de este poeta, pero al final la poesía de Cruz está más cerca de Cruz que de ningún otro poeta en Chile. Decir esto es, me parece, la mejor manera de hacerle justicia a su profunda originalidad literaria. En Chile el realismo ¾e incluso el naturalismo anterior¾ han triunfado sobradamente, pero rara vez lo han hecho con la fuerza poética que parece tan natural en un poeta como Cristián Cruz.

Veamos algo más.

El libro comienza con un poema sobre la muerte del padre. Este se titula “Una bella noche para bailar rock” y da título al conjunto. A primera vista es un poema de viaje, un poema funerario. Es el regreso a Ítaca, pero de un Odiseo muerto en una carroza funeraria que sale de Santiago. El poeta aquí es un extraño Telémaco, va sentado junto al chófer y, después de algún tiempo, ambos fuman cannabis mientras escuchan un casete de rock argentino. El poema está lejos de ser una elegía, pero de algún modo deja entrever uno de los temas centrales en este libro, la familia, el deseo de ella, la constatación de una imposibilidad. O, dicho de otro modo, la crónica de un poeta al que le ha ocurrido una familia y varias esposas. En “Una bella noche para bailar rock” descubrimos al final que la familia es una pregunta abierta o una posibilidad que solo puede volverse real con la muerte. La pregunta es finalmente sobre la reunión de la familia, como una búsqueda de los orígenes, de un orden perdido, de algo que resulta ahora irrecuperable:


Hoy, como hace dieciocho años

pienso a quién debo traer de la gran ciudad,

para que la familia esté unida

para que la familia sea feliz.


De ahí en adelante podemos coincidir con Luis Riffo cuando afirma: “El poeta deambula en su noche y busca, en medio de la oscuridad, un camino para su vida y para su oficio, sin demasiadas esperanzas y, más bien, masticando el pan duro de una soledad que se ha forjado por su propia desidia, por sus propios errores”. Es cierto, la soledad, la derrota a ratos, un constante desaliento, emergen en cada uno de estos poemas. Y lo hacen sin violencia, como si el poeta levantara las manos para confirmarnos que no tiene las respuestas, pero que es necesario revisar el armario donde están las fotos del pasado, ese álbum familiar que es “la prueba de la felicidad”, porque quizás, solo así, se puede ver la imagen completa de lo perdido y entender en qué punto las cosas dejaron de funcionar. Por eso no hay quejas, no hay recriminaciones, ajustes de cuentas, sino un acto constante de escudriñamiento. Riffo señala certeramente ese rasgo cuando le advierte al lector que se encontrará “entre una vida desastrosa y una escritura que quiere descifrarla”. Estoy de acuerdo, la escritura de Cruz se puede entender como una indagación no del fracaso, sino del comienzo del derrumbe. La pieza que falta probablemente esté “en las fotos que mi hijo mayor/ me regaló de un álbum viejo”. En este poema titulado “Prueba” el poeta que antes era el hijo que llevaba a su padre al cementerio, ahora es el padre frente al juez en los tribunales y el poeta que piensa “en el vidrio roto del auto/ en el perro que ha estado destruyendo el jardín”.

Escribir el pasado en este libro es también un acto constante, incluso para decir que ese pasado no puede ser registrado como sucede en “No había reparado en esto”. Incluso no haber puesto atención es una manera de llamarse la atención a sí mismo y asombrarse de lo que ha sucedido o ha estado sucediendo, sin que él no lo notara hasta que finalmente escribe el poema. Extraña paradoja. El poeta escudriña (y se escudriña) hasta cuando afirma haberse distraído. En el poema aparecen los hijos en la montaña, en los poemas siempre aparecen los hijos porque el poeta no se da cuenta (o no nos lo dice) escribe siendo el padre que es, en un movimiento alterno también, el hijo cuya madre tiene Alzheimer, como sucede en ese desgarrador poema titulado “Relaciones”.


Por la mañana leí un texto llamado

Literatura + Enfermedad = Enfermedad.

Al terminar no pude dejar de pensar en mis várices;

mi madre las tenía en una de sus piernas

/y el dolor la despertaba de madrugada.

Su hermana solía pedirme ayuda para llevarla de su pieza al baño,

[…]

Ellas murieron de otras cosas: vejez, Chagas, Alzheimer.

Incluso ese escritor murió un par de semanas después de escribir

Literatura + Enfermedad = Enfermedad.


El poema, sabemos, cita directamente un texto de Roberto Bolaño. Se trata de una conferencia. El poeta Cruz se ha acordado de su madre con Alzheimer. El otro poeta, Bolaño, sin embargo, se ha acordado en su conferencia de Kafka. Bolaño intuye que “Kafka comprendía que los viajes, el sexo y los libros son caminos que no llevan a ninguna parte, y que sin embargo son caminos por los que hay que internarse y perderse para volverse a encontrar o para encontrar algo, lo que sea, un libro, un gesto, un objeto perdido, para encontrar cualquier cosa, tal vez un método, con suerte: lo nuevo, lo que siempre ha estado allí”. Y es Bolaño, quien, desde el otro lado de la muerte, nos recuerda la labor del poeta que se interna y se pierde para luego volver a encontrarse. Y eso es exactamente lo que hace Cruz, encontrar “lo que siempre ha estado allí”, pero cuando lo hace, lo hace con nosotros, quienes, como testigos del testigo, descubrimos lo mismo que él, pero como si fuéramos nosotros los que anduviéramos buscando algo perdido, como si viéramos estupefactos algo conocido en una foto donde las cosas se han movido un poco.



Oklahoma, febrero, 2021.


 

Marcelo Rioseco (Concepción, 1967). Ha publicado Ludovicos o la aristocracia del universo (1995), premio de poesía Revista de libros (1994). En narrativa, la colección de cuentos cortos, El cazador y otros relatos (1999), la antología de poesía contemporánea dedicada a Chile por la Revista española LITORAL, CHILE. Poesía contemporánea (2000). En 2010 publicó en Santiago de Chile su segundo libro de poesía Espejo de enemigos, y en el 2012, 2323 Stratford Ave. Este último salió traducido por Grady Wray en la Valparaiso Editions-US en 2018. En 2013 publicó su primera novela, American Visa. Con su último libro La vida doméstica (2016) ganó el Premio Academia a la mejor obra literaria del año que otorga la Academia Chilena de la Lengua. Actualmente vive y enseña literatura latinoamericana en Oklahoma, Estados Unidos.


Cristian Cruz (San Felipe, 1973): Ha publicado los libros: Pequeño País (2000), Fervor del Regreso (2002), Papeles en el Claroscuro (crónicas literarias, Valparaíso 2003), La fábula y el tedio (2003), Reducciones (2008); Dónde iremos esta noche (2015); Entre el cielo y a tierra, Antología poética (2015); La aldea de Kiang después de la muerte (2017). Junto al poeta Ricardo Herrera publica en el 2005 Bar, Antología de poesía chilena, Ediciones Casa de Barro. Recibe el premio Alerce de la Sociedad de Escritores de Chile, 2003 por el libro La fábula y el tedio. Ha sido incluido en distintas antologías de poesía chilena y extranjera.

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