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  • 13 Mirlos

LEONARDO SANHUEZA: LA JUGUETERÍA DE LA NATURALEZA




El mandril


En la caja de música gira un mandril

con su barba amarilla, dientes de sable.

Ya no pregunta cómo, cuándo, por qué.

Sólo da vueltas y vueltas:

resignado al martirio, cierra los ojos

como un grumete bajo una tempestad

sin saber qué es peor,

el naufragio o la náusea,


mientras suena de nuevo Para Elisa

y el dormitorio gira alrededor

a la velocidad del firmamento

y los zodiacos.



La vida interior de un baterista


Toca su batería el mono de latón

perfectamente atornillado a su banqueta

mediante una rosca rectal que todavía

mira perpleja el oscuro interior de ese cuerpo,

tratando de distinguir alguna forma, un signo

trazado sobre un cielo de agujas y pajares,

confiada en que algún día podrá comprender

la piel de topo que la ciega y la seduce

para que imagine “cosas”, constelaciones

de arácnidos u otras pareidolias posibles

en ese fondo de petróleo, considerándolas,

como el peregrino falaz de Flammarion

asomado al otro lado del firmamento,

aunque no sean más que bellos sucedáneos

de lo que no puede saber:

por ejemplo que todo

fue difunto de fábrica, vaciado

con cuchara en la autopsia natal,

o que no son más que un juguete navideño

esos tambores que resuenan

más allá de la noche espesa.



Un tamborilero


Disfrazado de ascensorista

tañe y tañe su lúgubre fanfarria

aunque ya nadie la soporte

y ni siquiera él conozca su mensaje,

su maldición, su irremisible peso.


Mientras duren las pilas (son eternas)

confía en la fuerza de la electricidad

que vuelve saciedad el hambre,

costumbre el tedio, flor

de sal en medio del desierto.


Le basta que rebote su redoble

hasta volverse cotidiano entre los muros

como el rumor nocturno de las calles

cuando se mezcla con el llanto

ahogado de los hijos:


todo tan familiar que difumina

hasta la última señal de sus delitos

mientras flamea frente a La Moneda

nuestra enorme bandera y su frufrú

lo apagan bocinazos y sirenas.



Mercurio


Los niños jugarán con el termómetro

al viejo delirio de las tercianas

donde verán sus propios desiertos de Gobi

—un instante en la edad provecta:

sólo arenales de rencor cruzados

por enormes gusanos de cinabrio—

poniendo a prueba la resistencia del mercurio,


su aguante ante la desmesura,

hasta que huyan de la cárcel

sus perlas de ensayo y error.


Un solo descuido es el recuerdo.

Los verbos se repelen o se atraen,

a veces incluso se funden —recordar

era una oscura colisión entre titanes,

dos soles devorados mutuamente,

sangre y sangre, rapaz coágulo—,

pero pongamos que esta vez sea hermosa

la carrera del chasqui primordial:

una siesta de sedosos leopardos.


Después podrán saber

cuánto veneno había en ese juego.

Cuánto carácter.

Cuánta perfección.



Año 96


Con este viento leve

justo en la mitad de la primavera

la cinta de un cassette de los Beach Boys

enmarañada entre las ramas

azules de un jacarandá

toca otra vez un silencioso quejido

que trata de meterse en las orejas

como alfileres de un torturador

entre los dedos y las uñas,

o quizás sólo son los gritos

electrizados de un feriante.


—Así es el país— pongamos que dice,

mientras le da otra vuelta

a la desvencijada manivela.



Para ser uno mismo


Al viento le gustaban los peinados

difíciles, tan arduos que dijeran:


“Seré una tumba”.

“No temas”.

“Bésame y ya veremos”.


Nada de transparencia,

nada de pastelazos en la cara,

para ser uno mismo:


dromedario, narval sin esperanza,

uno mismo entre sus nenúfares

llenos de ranas.


La esencia de vainilla adoptaba la forma

interna de la piedra pómez

cuando penetraba sus túneles vacíos,

sus tierras muertas, su reloj.


Así era ese modelo:


gamas de azul, distintos hielos, distintas

cavernas para la misma química sustancia:

el agua cristalina del arroyo

bajo las condiciones más diversas.


Bajo el martillo, bajo el dinero,

palabras como “amor”, como “sangre”,

daban perros,

conejos,

pangolines,

bestias, en todo caso, sensibles y adorables,


bestias debidamente articuladas:


imágenes, en fin,

más vivas que las huellas dactilares

del perdido informe forense

de nuestro amor: esa cosa extraña

en que alguna vez supe quién era yo

y quién o qué las demás cosas

que flotaban alrededor

de nuestro centro incógnito.


 

Leonardo Sanhueza (Temuco, 1974). Columnista desde el 2000 del diario Las Últimas Noticias, ha Publicado en poesía Cortejo a la llovizna (1999), Tres bóvedas (2003), La ley de Snell (2010), Colonos (2011) y La juguetería de la naturaleza (2016). También ha incursionado en novela y ensayo. Su trabajo ha merecido diversos reconocimientos como el Premio de la Academia Chilena de la Lengua, Premio de la Crítica, Premio Internacional Rafael Alberti, Premio Manuel Acuña. Por el conjunto de su trabajo recibió el Premio Pablo Neruda de Poesía Joven 2012.

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