MARCO ANTONIO BUGUEÑO

Mendigo
Sé que no crees en la cantinela que somos todos iguales,
ninguno de nosotros tampoco en verdad.
Te agradezco con todo mi corazón
ese hermoso ensayo que escribiste sobre mí.
Sé bien que soy una metáfora de mí mismo,
como lo son también los hombres ricos;
una palabra, más bien un dato
para nombrar la realidad desesperada.
Nadie muere realmente de hambre o de gula,
sino del vacío que lo sorprende desnudo.
Si bien tengo sobre mí
cientos de kilómetros de piel desbaratada,
me complazco leyendo pedazos de poemas
cerca de la Plaza Almagro,
allí arrojado, fresco y vivo
sobre el césped húmedo,
con mi estómago apuntando la primavera.
No tengo techo,
es cierto,
y en invierno el cielo estrellado
no es más que un mal poema.
¿Me amas?
¿Has sacrificado tu inteligencia
para descubrir mi naturaleza?
Mandaste a bordar banderas brillantes,
afiches y volantes con la foto de alguien que se parece a mí.
Sabemos que fuiste detenido algunas veces,
pero también nos alegramos
que tus abogados te hayan liberado tan pronto.
Retírate tranquilo a la paz de tus difuntos, a tu estudio de caoba;
Escribe, compra una cámara fotográfica,
permite que las metáforas te arrullen.
Puedes saludarnos desde tu ventana,
danos un lugar en tu astrolabio.
Es dulce ser mendigos bajo el puente del Mapocho,
con el pasar del río rojo, a la hora del crepúsculo.
¿Has visto alguna vez el río rojo?
Tiene algo del Duero, del Guadalquivir, algo del río Volga
y nosotros algo de Mujicks, de bolcheviques miserables;
el anhelo de morir
con el hierro en la cabeza
y un sueño en el corazón,
con los aromos florecidos
y la nieve llena de sangre libre.
Soy como tú, aún a pesar de mí
Valery guerrillero, niño harapiento que corres por la yerba,
con tu fusil desbaratado,
buscando una batalla que ya se ha ido.
No desesperes niño rojo,
no está en ese paraíso soñado nuestra alegría,
allí por ahora solo hay laberintos.
Da vuelta tu rostro,
regresa a los harapos,
vuelve al templo, temblando.
Arrodíllate,
tiéndete sobre estos cartones y mira hacia las estrellas.
Espera.
Quítate la mochila y abre esa botella;
ya llegará esa tarde en que esta pasión tenga sentido;
por ahora conversemos,
sin planes y sin leyes,
no importa saber si hay vida eterna,
o si seremos pobres para siempre.
Mirlos
Algo que es parte de los Mirlos,
de esa manera suya de estar reunidos.
Ráfagas negras y en los árboles.
Agentes encubiertos o espías de alguna República del Aire,
elegantes en sus trajes de brillo negro citadino
y en su ida repentina de todos los lugares.
Personajes de una novela que Le Carré no pudo contarnos,
posan así, en ese guiño cómplice de verse guapos,
en el aparente desorden que trazan en el cielo
y que no es tal sino deseo de ser pájaro,
que todo árbol que todo perro que todo ser humano abriga dentro.
Vi Mirlos en Valparaíso hace años,
miraban con detención un barco gringo que se iba,
parecían decirse algo,
no supe bien qué preguntarles.
Vi Mirlos en Teatinos esquina Moneda,
descartaban por ahora dejar de ser
ese espejismo de ellos que guardo en mis ojos.
Restañan aberturas del cemento cerca de los balcones
del Ministerio de Justicia, de la Intendencia de Santiago, del Palacio de la Moneda.
Con sus alas brillantes abren los ojos humeantes en sus trinos.
Esos ojos Esos Mirlos
Los hangares en la nieve
Desde mi Chevy del 50’ veo uno tras otro
los hangares que se pierden lejos mientras nieva
Temo y añoro tanto lo que encierran
Sé que no guardan solo grandes recuerdos o sueños
o terribles dolores o dulces días
Unos y otros leves en la memoria como la niebla del rio Puelo en Septiembre
Tan lejos tan ocultos del Cielo
Son como el negativo de una melancolía
que palpita dentro de ellos
como si fuera un Imbunche
No sé hablar
No puedo decir
de ellos
Pero sin embargo hay una galleta pequeña de chocolate envuelta en amarillo con la imagen de una niñita negra que sonríe en la etiqueta
En los hangares en la nieve
y en las grúas abandonadas en el puerto de Chañaral
todo está en las grúas abandonadas de Chañaral
en la luna amarilla y angustiada de Chañaral el año 1974
O bien en un portal pálido cerca del Parque Mayakovsky
detrás y dentro del Parque Mayakovsky
en un ruso alto cubierto en un abrigo de oso
que bebe sopa de betarragas en un mesón subterráneo
Todo lo que sé está en ese portal Soviético
en la mirada inyectada de ese obrero ruso
Todo está en las grúas de noche en Chañaral
Precisamente en esa carretera en el desierto
en las colinas donde están esos ¡ay! hangares cubiertos de nieve
¡Ay de los hangares cubiertos de nieve!
¡Ay de las gotas de sangre en la nieve que llevan a uno de esos hangares!
¡Por qué pero por qué todo está en estos hangares en la nieve!
¡Por qué en las grúas oxidadas e inmóviles de Chañaral!
¡Por qué!
¡Por qué está todo allí en el Parque Mayakovsky!
Qué lindo habría sido ser su novio
Qué lindo habría sido ser su novio,
pero no se puede, imagínese usted.
Tanta cosa que se sabe y no se sabe del amor, pues.
Y del amor de gente de
tan distinta edad.
Es un enredo,
un laberinto,
donde un Minotauro babeante mira
con los ojos fuera de sus cuencas, con pavor,
el desamor
infinito.
Y qué le queda a uno,
una persona
de la calle,
un ser que no sabe bien
porque siente dolor
y cuando no siente, siente
que no es cosa buena
ser feliz un instante,
por cualquier asunto,
solo un rato,
unos segundos,
no se lo permite,
ni se lo permiten.
Ocurre que ahí está, esta chica de la oficina.
Dulce y amarga, como la miel negra,
que vive en las venas de los árboles negros del Sur.
Pasa que cuando me presento
en su oficina, llena de luz y con las ventanas entornadas,
se inclina y desliza su cuerpo sobre el escritorio,
levanta levemente su rostro de costado.
Y pregunta: “¿Yo te gusto?
Si bien es lo que creo oír,
cada observador ve lo que ve,
escucha de unos mismos ojos, lo que escucha.
¿Qué veo en esos ojos, me pregunta usted?
Un posible dolor eterno.
Nunca he sido bueno para enamorarme,
el amor es para mi un afiche en la entrada de un cine,
un sueño,
que me arropa como a un niño,
cuando tiene a bien visitarme esa noche cualquiera.
Oh bendita noche donde soy un enamorado
y terrible, a su vez, esa noche,
llena de fantasmas o brujas del desasosiego,
mirándome desde el tragaluz de mi puerta, mientras intento cubrirme el rostro
con sábanas insuficientes.
¿Y qué ve ella, dice usted?
El veneno de su daga, o tal vez solo inocencia.
Un ardor sin nombre,
inocente, a su vez.
Un abismo de dolor.
Pero qué sabe ella, si lo sabe todo.
Pero qué sabe ella, si sus manos son de ese tacto, ¡de ese tacto!
Pero qué sabe ella, si su pelo
Pero qué sabe ella, si su vientre
Pero qué sabe ella.
Qué importa que sepa, que no sepa.
Qué tiene que saber ella,
si de saber no vive la llama.
¿Qué le he dicho?, ¿a propósito de lo que ella me ha manifestado, me pregunta usted?
Le he precisado que yo soy una persona cualquiera.
Que no me acercaré jamás a ella, porque su olor me haría descaminarme en el amor.
Le he pedido que no vaya a mi oficina.
Que salga a verme desde la esquina, alejarme en la 504 por avenida Bilbao, hacia el poniente.
Rumbo al sol, junto al sol que,
ya al final de Santiago, se desvanece.
Que arda por ti
Que si, por esas cosas de la vida, fuera verde sería tal vez un pedacito del Malahuén del borde del camino,
o bien roja, ¿una astromelia y el deseo?
Pero recuerda que vivir es morir,
¡qué bellas palabras!
¡vivir es morir!
La ve corriendo con su vestido bordado, como en Mujercitas, o como en Temu Cui Cui con harapos feliz entre las zanjas y el humo.
Lo sabe,
es como ella.
El amor o lo que se ama,
a la manera de esa misma piedra blanca
que Bernini dibujó en sus dedos;
presiente su mano, como San Juan de la Cruz
la de su dios
sobre la suya
¡Pero qué tontera,
qué niño desarrapado!
Por favor
Por favor
No es usual que un niño diga: ¡Amada!
en voz alta y sentado en una banca del parque forestal;
balanceando sus piernas como en un breve péndulo de la muerte.
Un niño ante Laniakea, ese cúmulo que contiene 100.000 galaxias;
como si fuera el amor en si mismo;
las contempla tal vez de frente,
como un igual ante el pavor que arde,
de lo que no es medible, de aquello que nosotros nunca podremos ver,
porque nos consumiríamos en su presencia;
pero él, él mismo, en su encono ahogado,
en su pequeño llanto,
podría.
Por lo que,
si queréis,
asomaros por un momento a lo imposible:
Id,
Tomad la 405, que baja por avenida Santa María
y bajad en el puente Loreto.
O bien tomad un Uber y pedidle tome el puente Purísima
y que, siguiendo por Merced, se detenga frente a la Fuente.
Descended e id,
él está sentado en la segunda banca que mira al rio.
Miradlo amar, atribulado;
vibrar, hecho un pedazo de dios
Sin que os note, vedlo.
¡Temed! ¡Temblad!
Amar es ser todos nosotros.
Deja entonces que él arda por ti,
que la ame en tu nombre, para que permanezcas,
para que llegue a ti en un trozo suyo,
hecho Hombre o Mujer,
o animal calmo o fuente vieja y húmeda,
o mesa bajo el parrón de los amigos,
o yermo pendenciero,
donde se mata y se muere, por quien se besa.
Marco Antonio Bugueño (Antofagasta, 1963).
Estudió en los jesuitas. Literatura y post títulos en comunicaciones en la Universidad Católica y Universidad de Chile. Poemas suyos han sido publicados en diversa antologías y revistas en Chile y el extranjero. En su camino se ha encontrado con reconocimientos de la Universidad de Córdova y Paris X y en otros eventos, así como de la Fundación Pablo Neruda.
Ha publicado Conversaciones con el Príncipe de Macul (Santiago, 2012), del que se registran diversas ediciones y Niños del olvido (Santiago, 2022).


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