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ROBERTO ONELL H.: VOZ EN CAMINO


 

4 Poemas

El 11


Nombre y número, tú, mi día duro,

mi detenido día duradero

que me miras pasar, tú, entretejido

en un idioma que no sabe aún

cómo nombrarte, cómo silenciarte,

la garganta gastada, el nudo nuevo,

es así como vuelves a llamarme,

a amanecer primero que mis ojos

que otra vez te contemplan ser y estar:

amanezco debajo de tu manto

invisible y tatuado de siluetas

y estriado por los gritos sin aliento

de tantos días dentro de tu día,

y me caigo a un rumor de fojas cero.

Porque no sé si ondea o es que tiembla

la palabra septiembre con sus hilos

desenvueltos, deshechos, sus colores

resueltos en un luto antiguo: rojo

de costra seca, azul de noche oscura

y un blanco de mortaja inexistente

y de estrella extinguida, y la palabra

bandera, que se cansa, vieja, porque

la palabra país se le confunde:

velos, pañuelos, trapos abusados

que en tu manto se vuelven a extender

y se vuelven a revolver, rotando

cansados pero inagotables, como

punto muerto que sin embargo late.


No. Demasiado día. Demasiada,

ensalivada, iluminada boca,

¿hacia quién vas, a quién recibes, qué es

lo que descubres? ¿Nada? Eres porfía

de alguna luz que se desvaneciera

de tanto hacerse fuerza. Demasiado

día es el día que eres, demasía

de denominaciones que tropiezan,

lengua sin voz, la boca toda nombres

que mendigan la voz del otro día:

no del ido, no del que viene, no

de la perpetua procesión adónde,

sino del inaudible día tuyo

que gesticula en ti, a la sombra, solo.


No: yo me he detenido junto a ti,

ensordecido por iniciativas

de una ciudad que no se escucha, bocas

parecidas en las respiraciones

sordas, y en la mudez que nos hermana:

silencio que puntúa nuestro paso,

nuestra voz y la lengua que aprendemos

sin querer, sin saber o sin poder

(y sobre todo sin poder). Yo, arriado

sin querer junto a ti, junto a la luz

que se queda dormida o que se enreda

hoy en ti, desde ti, otro trapo vivo

yo: viento y rama, remolino abierto

de preguntas que inhalan otra sombra.


¿Desde dónde hasta dónde duras, día?

¿Cómo es que hay tanto día en caravana

mientras palpita el círculo de espectros?

¿Cómo es que ves pasar la fuga, cuando

en ti la ronda exhala y no se extingue?

Yo me quedo mirándote, y me allego

para arroparme con tu manto, palpo

aquí en mis sienes la Ciudad Oscura,

el lloroso vacío aquí en mis ojos

–mis dos emancipadas cicatrices–

y aquí en mi corazón un nombre mudo

que dura, y solo. Y lávame tu rostro

y deja que me rinda en mi palabra

solo, y esperar aquí un lucero solo.



Secreto amor (otra vez)

1

Otra vez llego tarde a nuestro encuentro,

otra vez traqueteo en esta huella

donde otra vez me allego tarde y casi

desfigurado con ciudadanías

diurnas, de papeles, de palabras,

y me sigo tardando, y voy detrás

de tus brazos, husmeando besos, sombras

de besos, o quizá tu olor tardío,

tus huellas en el aire de este tiempo

en que me tardo, en que otra vez no vuelvo

amor aquel amor, en que no beso

ni veo, en que tan sólo yo me escucho

una canción que cantaba de lejos,

de lejanía escondida aquí dentro.


2

Te miro como si te acariciara,

como si con mis ojos entreabiertos

reconociera tu latir antiguo,

tu aliento en la espesura de una noche

que me mira, interpuesta, acostumbrada.

Así te miro yo, desconocido

de pronto, de mis manos, mis pupilas,

como si oyera en mí crecer tu sombra,

acompasada, protectora. Pero

no me mires así, tan lejos, como

si no me vieras o no me llamaras;

vengo a buscar tu abrazo para todo

lo exonerado, lo cuantioso mío

y que demora. Y yo te miro, espeso.


3

Demórate en mi rostro ahora tú,

contempla su dibujo de árbol raro,

aloja en su ramaje tu mirada

y olvídate en sus surcos otra vez.

Perdóname, te ruego, simplemente

los días de silencio disfrazado

de deberes, perdóname este ruego

de entretiempo impuntual y de hojarasca

(porque bajas desnuda, sin secretos,

porque ése es el misterio despeñado

junto al tiempo que cae de rodillas),

y dime de una vez qué espera es ésta,

qué madrugada y lejanía tantas

y hazme llorar entonces, otra vez.



Still life


El verdugo tictaquea en su pared

gotas de una extraña lengua con mi sed.



En casa


Nada grave, en verdad: dos voces

crecieron pronto para el roce

único, un puro golpe, y rasgan

el aire seco las dos costras

que volaron, que no se buscan.


Pero en el desencuentro crecen

juntas las manos, municiones

históricas, y oían qué

esas orejas que sangraban

y que no oían que no oían.


La verdad es ya nada grave:


hoy oí discutir a mis papás:


la casa se venía a tierra, eterna,


y no quedaba piedra

sobre

piedra.


 

Roberto Onell H., poeta, es autor de los poemarios Rotación (2010), Los días (2015) y Voz en camino (2020). Licenciado en Sociología y Doctor en Literatura, enseña actualmente en la Facultad de Letras UC. Su tesis doctoral, La construcción poética de lo sagrado en “Alturas de Macchu Picchu” de Pablo Neruda, fue publicada por Georg Olms en 2016. Actualmente, preside la Asociación Latinoamericana de Literatura y Teología (ALALITE).

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