"LA MUERTE DEL SHÖGUN": POESÍA DE ESPEJOS, ANTÍPODAS EN EL IMAGINARIO POÉTICO DE DANIEL VISCARRA
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Por Marcelo Velmar

La Muerte del Shogún es un poemario de largo aliento que no cesa de sorprender en cada pliegue, en cada intersticio de su respiración verbal. Un libro que se despliega como una arquitectura paciente y rigurosa, donde la extensión no es exceso, sino una decisión estética consciente: el tiempo de la lectura se vuelve también materia del poemario.
En su avance, pude incluso experimentar que me encontraba frente a la lectura de dos libros en paralelo, libros que dialogan, se reflejan y se pliegan uno sobre otro; sin embargo, es precisamente el oficio y la madurez poética de Daniel Vizcarra, lo que consigue unir ambos territorios en una sola respiración. Paisajes y culturas lejanas se convierten en superficies de espejo: Japón y territorios olvidados del campesinado chileno, lo ancestral y lo contemporáneo, lo íntimo y lo histórico, se miran cara a cara hasta calzar como una sola historia—con violencia y belleza— en una misma armonía espacial.
El libro propone a mi entender, una extrapolación de escenarios que, aunque antípodas, comparten un mismo nervio: el dolor por la degradación de los cuerpos, cuerpos humanos, los cuerpos animales, los cuerpos azuzados por la violencia, la guerra, las bombas, la maquinaria del poder y del olvido.
Aparecen una cantidad de paisajes descarnados de aves rapaces y muladares, una iconografía sombría donde la carroña no es solo resto, sino signo. En esos restos late una memoria que puede ser leída también como nuestra propia historia reciente: los cuerpos ausentes, nuestros hermanos desaparecidos, la carne que no vuelve, pero insiste.
“Arrojan la carnada al vacío.
Los peucos rehacen su vuelo
nucleados por una carroña inexistente."
"la vida se endurece
en el liquen de una piedra.
El ámbar gime.
Se abren ojos en la carne molida.”
Aquí, la imagen no describe: hiere. La palabra se vuelve materia orgánica, nervio expuesto. La vida endurecida, el ámbar que gime, la carne que abre ojos, configuran una poética donde lo mineral, lo animal, la carne, los huesos y lo humano se confunden en una misma pulsión de supervivencia, pero también de espanto.
Las imágenes, profundamente arraigadas en nuestra cultura, sirven también para significar el dolor de un amor antípoda, lejano, del otro lado del mundo. En ese cruce resuena la memoria de las Cartas de amor de Tsuyoshi Okudaira a Fusako Shigenobu, donde el amor y la revolución se escriben desde la precariedad y la pérdida. Vizcarra recoge esa tradición para tensionarla con imágenes de una crudeza íntima:
“y somos ese perro lamiendo aguas servidas
la sombra de un peluche colgado en el tendido eléctrico”
El poemario se interna entonces en una distopía futurista, postapocalíptica, donde los restos del mundo todavía respiran. A mitad del libro, la violencia se enuncia sin eufemismos: no como accidente, sino como estado salvaje de lo humano, como una fuerza brutalmente necesaria para ventilar “la fiambrería agusanada del espíritu”. Pero incluso allí, entre el desposte y la podredumbre, emerge el amor en sus pliegues más frágiles, más humanos, con un lenguaje descarnado y visionario:
“flores secas sobre la cama
y debajo un animal
que a pesar de su desposte
aún registra movimientos.”
La carne —humana y animal— deviene así personaje central del libro, una verdadera columna vertebral que sostiene la trama completa. Las imágenes de muerte cruzan la lectura como una película vertiginosa, pero el poeta sabe cuándo detener la cámara, cuándo obligarnos a mirar. Su palabra, de ritmo exultante y gran arrojo imaginativo, nos entrega escenas donde la muerte aparece acompañada de todos sus accesorios humanos.
En Poema Cauquenes 81, la violencia doméstica y la memoria se funden en un gesto cotidiano:
“Mi madre dijo
tomen esta bolsa de tripas
y friéguenlas hasta quedar claras.
Como si fueran ustedes por dentro
lávense el uno al otro
déjense ir en tanto barro”
La continuidad de elementos "gore" —animales de matadero, curtiembres, cabezas de caballo listas para ser pintadas, cuerpos descuartizados y desventrados— no busca el efectismo ni el horror gratuito. Por el contrario, la palabra poética eleva la carroña al territorio de la alta poesía, recordando la operación de Baudelaire en Las flores del mal: encontrar belleza allí donde el mundo solo ve desecho.
Se despliega así una vasta galería de animales y oficios: perros, gatos, conejos, queltehues, chanchitos de tierra, chanchos, carniceros, carnicerías, avispas, moscas, matarifes, arañas Goliat, curtiembres. Todos ellos portadores de una ambigüedad esencial, capaces de “sangre fría y sangre caliente al mismo tiempo” como nos dice el poeta, un oficio de matarife donde se es capaz de asesinar y sentir. Como se lee en el poema Teoría de la carne:
“La carne saliendo
molida de la letra.”
La escritura misma se vuelve máquina de triturar sentido, pero también de revelarlo. Aquí viene a resonarme al oído una lección de escritura del gran escritor cubano Alejo Carpentier: escribir con rigor material y ser capaces con la palabra como herramienta, de transmitir no solo sentimientos, emociones y afectos, sino también sonidos, sabores y olores. Al avanzar en la lectura, un escalofrío recorre el libro, acompañado de briznas de realismo mágico, como en Juana Espinaza cuenta cómo ojearon a su hermana en Panimávida, donde lo mítico se infiltra en lo real del mundo campesino o de la creencia popular chilena.
El dominio del lenguaje es absoluto en este libro. Vizcarra maneja el juego de las palabras con una libertad que solo otorga la disciplina:
“La sombra de los granados
degüella la luz en los queltehues
y no hay nadie más que nosotros para notarlo:
el orden devuelto a las cosas las parasita.
Una granada cae.
Solo por hoy
nada explota.”
En Genealogía Yōkai, el diálogo intercultural alcanza una de sus cumbres. Los yōkai japoneses dialogan con figuras de la cosmovisión mapuche como los anchimallen, seres nocturnos, traviesos, encendidos como bolas de fuego. El poema se cierra con un guiño decisivo: la flor de añañuca, símbolo de una trágica leyenda de amor mapuche, donde la muerte florece en rojo. Así, la mitología japonesa y la tradición de la leyenda del campesinado chileno parecieran reconocerse en el texto, al menos esos guiños vienen a mi experiencia vital, poética y literaria y se señalan tal vez como ramas de un mismo árbol de arcaicas raíces culturales.
Pese a todo, el libro también concede espacios de belleza bucólica, verdaderos respiros épicos, como en Efecto mariposa:
“Un niño arranca una flor.
Los pétalos se aplastan
el polen se humedece
en la sombra de su mano.
No sabe no advierte lo que hace.
Corre calle arriba: el sol lo persigue.”
Vuelve entonces el diálogo entre territorios antípodas, sostenido con naturalidad por un imaginario que incorpora datos científicos, biológicos y ecológicos, como parte orgánica de la escritura:
“Llueve sobre Tokio
graniza en Talagante.
El sol sobre los cerros
desata una teoría del caos.”
Vizcarra pone en juego un vasto conocimiento de la cultura japonesa, que no cita ni exotiza: la traspone, la entreteje, la macera y la vuelve a erigir en las aguas secas de Talagante o Melipilla. En ese gesto se advierte también un guiño a nuestro gran poeta Raúl Zurita, especialmente en Canción de los cielos que se abren:
“Arriba
como abajo
solo viven la propagación y el contagio
el amor la muerte
ácaros cómplices
en la perpetuación
de rajaduras en el cielo.”
La muerte del Shögun, en suma, se lee como un saludo poético profundo a la filosofía y a la meditación budista, a las tradiciones del trabajo en los rincones populares de la urbe o el campo chileno; a la familia, a los padres, al duro trabajo de los matarifes, al amor: una invitación a vincularnos con la naturaleza y con todos sus elementos, incluso los más atroces, para encontrar —en medio de la carne, la herida y la memoria— un posible camino hacia la luz.
Finalmente, La Muerte del Shögun, viene a ser un libro áspero pero blando en su alma profunda y en su arduo y honesto tejido, un poemario necesario, sobre todo en estos tiempos de olvido y desmemoria. Un poemario en que Daniel Vizcarra, no teme manchar las manos del lector, que hace de la carne un lenguaje y de la muerte una forma de mirar el mundo. Su lectura deja un escalofrío persistente, pero también la certeza de que, incluso entre restos y despojos, la poesía seguirá siendo una fuerza viva, inquietante y radical, en cualquier espacio o territorio donde el ser humano tienda sus huesos, bajo un sol abrazante o bajo la fresca sombra de los bosques.
Daniel Viscarra (Talagante, 1994). Es licenciado en Lengua y Literatura Hispánica y profesor de Educación Media en Lenguaje por la Universidad de Chile. Premio Mejores Obras Literarias Inéditas (2023) con este título. Becario de la Fundación Pablo Neruda (2019) y del Fondo del Libro y la Lectura (2019, 2021). Textos suyos aparecen en Maraña (Alquimia Ediciones, 2019). Gestor cultural, tallerista y fundador de la Sociedad Literaria de la Provincia de Talagante.
Marcelo Velmar (Chillán, 1970). Ha publicado: Poemas a la carta (1995), luego vendrían: Pena de alumbramiento (1997), Mortales razones (Santiago 2009), Estelado (2018) y Estado de situación (2023).
Cuenta con inclusiones en diversas revistas literarias y antologías de poesía, tanto dentro como fuera de Chile. Su trabajo ha sido reconocido en diversos certámenes literarios del país. Algunos de los poemas de su libro Mortales Razones, son reconocidos con Mención de Honor y Mejor Poesía Extranjera en el Concurso Internacional de Poesía, Junín País 2010, en la República Argentina.
Destacada es también su labor, en los últimos años, como gestor cultural y promotor de diversos espacios de encuentro, para la difusión de la creación poética, de autores nacionales y extranjeros.




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